Celina Segovia Sarlat RJM

Hace veinte años me sentí muy feliz porque sentí que había elegido correctamente, había acertado en la elección que había hecho de mi carrera y de mi novio. Estaba en pleno proceso de obtención de mi licenciatura en Ciencias de la Comunicación y tenía una relación estable con mi pareja con quien quería pasar el resto de mi vida. En ese momento llevábamos un año y medio de relación. ¿Qué más necesitaba una joven universitaria? Ambas elecciones estaban hechas… era solo cuestión de tiempo para formar una familia y ejercer mi carrera. Pero Dios tenía otros planes para mí que yo ni siquiera podía imaginar.

Soy de la ciudad de Mérida, Yucatán, ubicada al sur de la República Mexicana. En ese entonces tuve la oportunidad de ir a un viaje Universitario a la Ciudad de México con todo mi grupo y de ahí continué hacia el norte del país a Ciudad Juárez, a una misión de Semana Santa, donde Dios cambió mis planes.

Aunque había participado en misiones cuando estaba en la secundaria y desde niña escuchaba hablar de la pobreza en nuestro país, fue sólo en ese momento que me permití confrontarme con la miseria y las múltiples exclusiones de las víctimas, las mujeres indígenas en nuestro país. Quizás el conocer de cerca historias concretas de marginación, falta de oportunidades, impunidad, abuso de niñas y adolescentes, fue lo que me interpeló y me interpeló. Recuerdo especialmente a una niña de seis años, Vero, hija de una madre alcohólica y hermana de un adolescente, víctima de abuso por parte de un profesor de la escuela de la comunidad… que no fue castigado por abusar de niñas indígenas. En ese contexto Vero no tenía a nadie que la cuidara, ni su madre ni su hermana… tuvo que buscarse sola el sustento para poder comer. Todos los días, la niña tomaba el autobús para ir al centro de la ciudad y mendigar en la calle, comprar algo de comer con lo que había recibido como limosna y juntar un poco de dinero para volver a casa y vivir la misma triste realidad al día siguiente… esos rostros, esas historias… me tocaban el corazón. Una niña debe sentirse segura en la escuela, motivada para aprender; un maestro debe cuidar de sus alumnos, preocuparse de ayudarlos a aprender y no aprovecharse de esas jovencitas.

A partir de ese encuentro con Vero, vinieron a mi mente y a mi corazón muchas preguntas, muchas existenciales, otras involucran a Dios, otras en relación a la mujer, a los indígenas y a la educación y finalmente… ¿Y si yo entregara mi vida siguiendo a Jesús…si yo entregara mi vida a Dios,,,?

Yo pensaba que con el tiempo y cuando regresara a casa, con mi gente, con mi novio, en la Universidad, en medio de mis actividades, todo esto se me iba a olvidar; pero por el contrario las dudas seguían causándome ansiedad, preocupándome, ¿Y…si entrego mi vida a Dios…? ¿Y si la vida Religiosa era el medio para que otras mujeres puedan tener una realidad diferente, una vida diferente, vida en abundancia?

Fue a partir de esa experiencia que empezó mi búsqueda… seguir a Jesús, pero ¿hacia dónde?, me atraía “el camino de Santa Claudina Thévenet” su manera de relacionarse con Dios, de manera sencilla, su deseo de desaparecer – es decir, no querer ser protagonista, no le interesaba que todos los reflectores se dirigieran hacia ella – pero lo que yo conocía de Jesús y María como alumna, era la educación, y la educación no me atraía, yo era comunicadora o estaba en proceso de serlo… una vez más surgieron muchas preguntas de mi corazón y de mi cabeza… y tuve pocas respuestas. Decidí ponerme en camino e hice lo que Jesús sugería a quienes le preguntaban, Rabí ¿dónde vives?… Ven y verás. Me acerqué a Jesús y a María… vine y vi. Y me quedé aquí. Descubrí que el camino de seguimiento de Jesús – misión, oración y vida comunitaria – era algo compatible conmigo. Me di cuenta a través del acompañamiento de Hermanas, de sentirme parte de una familia, a gusto y en casa, que podía ser Celina en su mejor versión, me gustaba la forma de orar en comunidad y de ser comunidad para la misión, es decir, que juntos podíamos ser más fuertes para la construcción del Reino y que la educación es mucho más que dar clases, es formar corazones, es acompañar en búsquedas, es preocuparme por mis alumnos, amarlos… y todo esto entre muchas cosas más… Desde Jesús y María soy comunicadora del amor de Dios y de su bondad.

Dar a conocer y amar a Jesús y a María a través de la formación de mujeres solidarias con otras mujeres, capaces de transformar realidades ajenas, me llena de vida. Compartir mi vida con mujeres indígenas, escucharlas, compartir mi fe con ellas, me enriquece. Construir puentes entre las niñas de la ciudad y las mujeres del campo, donde cada una comparte lo que es y se deja enriquecer por las demás, me hace crecer en esperanza.

Por eso después de veinte años puedo decir, nunca imaginé que podría ser tan feliz entregando mi vida a Él y para Él. Tuve que pasar por miedos, enfrentar preguntas, incertidumbres, para descubrir mi vocación, sin embargo, eso no se puede comparar con lo que he recibido de Él, a lo largo de estos años de vida consagrada en contacto con alumnas, misioneras, monitoras del MEJ, indígenas y Hermanas en la Congregación.

Dios cambió mis planes y le doy gracias por ello, soy agradecida. Ser Religiosa de Jesús y María ha sido un regalo y una bendición en mi vida.

¿Te animarías y estarías listo para que Dios cambie tus planes? Atrévete a buscar tu camino con Él.

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