Middia José Carmenlle Doute NJM

Soy Middia y tengo 27 años, nací en Haití y soy la mayor de una familia de cuatro hermanos. Mis padres son muy religiosos y a través de ellos descubrí a Dios y me llevaron a estar más cerca de Él con el testimonio de su vida. La primera vez que escuché hablar de vocación estaba en quinto grado de primaria, cuando el director, un sacerdote, preguntó a la clase: ¿Qué quieres ser cuando seas grande?… y yo respondí: Monja. Pero para mí, en ese momento, esa era una respuesta más entre miles. Al crecer, parecía que esa idea desapareció de mi pensamiento.

Al terminar mis estudios en la Escuela Primaria comencé a vivir en la Residencia de las Hermanas “Filles de la Sagesse” Hijas de la Sabiduría en Puerto de la Paz, en Haití. Un día una religiosa me invitó a participar en el grupo vocacional. Me explicó que no era sólo para quienes quisieran ser religiosas, sino que estaba abierto a todas. Con el tiempo fui descubriendo que me atraía mucho su forma de vivir, su entrega, su disponibilidad, su libertad y flexibilidad para ir donde las necesitaran, ayudando a los demás.

Pero no dije nada de lo que me tocaba el corazón con lo que hacían para no comprometerme en nada que me impidiera salir, participar en actividades culturales de mi colegio, o tener restricciones en cuanto a qué tipo de ropa usar, etc… Yo no solo quería aprovechar mi adolescencia sino también dedicarme por completo a mis estudios sin ningún otro compromiso.

Cuando llegué al segundo año de secundaria seguía teniendo algún tipo de movimiento interior, con el deseo de seguir a Jesús. Finalmente decidí hablar con el párroco de mi parroquia y preguntarle si conocía otra Congregación. Para mí era importante tener varias opciones antes de elegir, porque quería saber cuál era mi lugar. Si hay una sola propuesta no puede haber elección y mucho menos discernimiento. El párroco me presentó a una de las Religiosas de Jesús y María: Vivian Patenaude. Después de hablar con ella, me sentí muy feliz. Entendí que Dios, a través de ella, quería decirme algo muy importante. En mayo de 2007 con miedo, incertidumbre y pensando que estaba “loca” dejando a todos mis amigos, mi familia, los grupos de jóvenes, hablé con ella para tener una experiencia de vida comunitaria en Puerto Príncipe, Haití) para poder discernir con más claridad. Fue muy duro ir a otro lugar pero me sentí bien comprendida y acompañada a nivel espiritual, social, psicológico. Desde el primer día que llegué, me sentí completamente en casa.

Después de esta experiencia continué mis estudios en la Universidad y viví con las Hermanas como interna. Más tarde me fui a vivir sola a mi departamento. Fue una experiencia muy linda, trabajando junto con mi novio haciendo planes de vida, pero aún sentía que algo me faltaba. Me enojé conmigo misma y dije: ¿Por qué siento algo tan extraño dentro de mí cuando hay tantas cosas en el mundo? En este tiempo las Hermanas me invitaron a participar en la Familia de Jesús y María y en todas las misiones que ellas realizaban. Me di cuenta que a través de estas actividades me sentía realizada, encontrando respuesta a esas ideas que me daban vueltas en la cabeza. Cuando iba a las misiones y podía tocar la realidad de mi gente, al ver tantas necesidades me sentía más cerca de Dios, me daba cuenta y podía ver que Él me habla a través de los demás, a través de su testimonio de vida. Podía descubrir las marcas o huellas de Dios en lo que yo hacía.

Después de mucho acompañamiento, mucha oración y escucha escribí pidiendo entrar al Postulantado. No fue fácil llegar a esta elección. Pasé por dudas, incertidumbre, tristeza; pero dentro de mi corazón sentí que seguir a Jesús era la mejor opción: dar a conocer su amor, su misericordia y su perdón en Jesús y María siguiendo los pasos de Claudina. Dios no nos pide algo que no podamos hacer y cuando dices sí, él estará ahí para cuidarte en el camino. Cuando dejas algo para estar con él, encuentras mucho más, que ni siquiera imaginas. Una vida compartida con otros es una vida que nunca terminará. Hoy te puedo decir, busca a Jesús y cuando lo encuentres no lo guardes para ti. Compártelo con otras personas en tu camino, déjate interpelar por la realidad de este mundo. Haz que Jesús viva en ti viviendo cada día, de manera concreta su amor, viviendo lo ordinario de manera extraordinaria. Jesús es quien invita, es quien toma la decisión y sale a nuestro encuentro. Es un hombre libre, sencillo, que nos ama hasta el extremo. Abre tu corazón, escúchalo hoy en tu vida y déjate llevar por él.

Al final puedo decir que con Él y para Él nunca se pierde el tiempo. Se pierde el tiempo cuando no se sabe dónde buscarlo y se cierran los oídos a su llamada. Cada día es único en el seguimiento de Jesús. Es Él a quien quiero seguir, con quien quiero estar. Aunque no siempre camino en un jardín de rosas, me siento muy feliz acompañada por mis Hermanas, y sigo optando por este Jesús que me ama, que me invita a salir de mí misma y a entregarme totalmente a los demás.

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